VOLCÁN "POPOCATÉPETL"
VOLCÁN “POPOCATÉPETL”
Por Adrián González Cabrera
Es invierno de 2011 y son las 5:30 pm. Me encuentro a bordo de un autobús que me lleva de regreso a casa después de visitar Nepantla, Estado de México, sitio en que se encuentran parte de las ruinas de la casa en que nació Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana, mejor conocida como Sor Juana Inés de la cruz.
Vengo ensimismado pensando en ella, la “Décima Musa”. El autobús se desplaza sobre la carretera en sentido oriente poniente y ocupo un asiento junto a una ventana en la parte oriente del autobús. De repente fijo la vista en un espectáculo maravilloso: por la ventana observo la figura enorme del volcán Iztaccíhuatl, cuya silueta semeja una mujer dormida. A esa hora de la tarde los rayos solares llegan a la falda del volcán casi en forma horizontal descomponiéndose en tonos multicolores al tocar los millones de cristales que componen la blanca nieve. El espectáculo me genera fuertes emociones, y, de inmediato, evoco la primera ocasión en que subí al cráter del volcán “Popocatépetl”. Las imágenes empiezan a invadir mi mente…
Recuerdo que una noche de 1993 sonó el teléfono de la oficina en que yo laboraba: -¡¡¡Ring…Ring…Ring!!!
- ¿Sí?, diga.
- Hola, Adrián.
- Qué tal Eduardo. Qué hay de nuevo. Son las 7:00 de la noche.
- Adrián, te hablo par a preguntarte si vamos a ir al “Popo”.
- Eduardo, ya fracasé una vez al intentar subir al cráter. No quiero volver a intentarlo, además, aún estoy trabajando y no he hecho ejercicios preparatorios.
- Ya casi tengo todos los elementos para que nos “lancemos” en el momento que tú digas.
- Pero…
- Ándale anímate. Me ha costado trabajo conseguir las cosas necesarias para subir. - Bueno… si a las 9:00 de la noche tienes todo reunido, háblame.
Eduardo es mi hermano, dos años menor que yo. Es un entusiasta de la aventura. Yo no había considerado ir al “Popo” en esa ocasión, y puse esa condición con la esperanza de que no la pudiera cumplir. Telefoneó media hora más tarde.
- ¡¡¡Ring…Ring…Ring!!! - ¿Sí…?
- Adrián, ya tengo las cosas completas.
- Bien… permíteme ir a mi casa y a las 10:00 pm pasaré por ti a casa de mamá.
Era la una de la madrugada cuando íbamos subiendo el camino que nos conduciría al refugio denominado “Tlamacas”, ubicado a 3,900 metros sobre el nivel del mar. Al llegar a tal sitio, bajé del automóvil-camioneta, y, tal como ya lo había experimentado anteriormente, sentí que pesaba 120 kilos (realmente pesaba 72 kilos). Tardé un buen rato para sentirme normal. Teníamos planeado iniciar el ascenso a las 02:00 horas de la madrugada. En un momento dado busqué un lugar un poco retirado de donde se encontraba el automóvil-camioneta, pues necesitaba deshacerme de algo de líquido. En plena oscuridad y en solitario, observé la bóveda celeste; fue un espectáculo impresionante, observé en el firmamento miles de estrellas que formaban algo parecido a una diadema de diamantes. Jaime, un amigo, me explicó que eso que había visto era la Vía Láctea. Era como si me encontrara en la “yema” de un huevo estrellado y volteara a ver la “clara” en la que se encuentran millones de estrellas. Asimismo, en ese sitio, al levantar la vista, se observa una inmensa masa de color lila, que es el color que adopta la nieve al ser bañada por la luz de la luna. Esa masa era el volcán “Popocatépetl”.
Antes de la hora de partir, esperamos al interior del automóvil-camioneta. Llegó la hora de iniciar el ascenso. Nos preparamos -nos abrigamos adecuadamente, nos pusimos doble calceta, una bolsa de polietileno encima de las calcetas para prevenir introducción de arena y humedad a los pies a través de las botas, nos colocamos los crampones y revisamos, piolet y gafas, principalmente-. A la hora planeada (02:00 am) iniciamos el recorrido por el camino de arena suelta que nos llevaría a el sitio denominado “Cruces”. En el camino percibí, varias veces, un intenso olor a azufre (el “Popocatépetl” es un volcán activo); al parecer eran pequeñas fugas de gas que se filtraban, del interior al exterior del cono, por pequeñas grietas. Llegamos a “Cruces” coincidiendo con la salida del sol. Dicho sitio se encuentra por encima de las nubes que se forman en derredor del volcán, y, desde ahí, se observa un hermoso espectáculo. En ese punto (en el que se encuentran algunas rocas grandes) inicia la nieve que cubre el cuerpo del volcán. Para ese momento ya teníamos las piernas muy castigadas toda vez del recorrido por la ruta de arena suelta. Descansamos un poco e iniciamos el ascenso por la nieve. Es importante señalar que esta ruta es la forma más accesible para llegar al cráter, ya que por ahí se llega al “labio menor”.
Fuimos ascendiendo por la carpeta de nieve en forma cuidadosa, transmitiendo todos los esfuerzos a piso a través de los crampones y el piolet, y cuidando de no quitarnos las gafas pues los reflejos de los rayos del sol al incidir en la nieve son sumamente intensos, deslumbradores. Procurábamos, en medida de lo posible, caminar por encima de las huellas dejadas en la nieve por personas que habían pasado anteriormente por ahí -para eliminar cualquier riesgo. De vez en cuando volteaba yo para observar los esfuerzos que hacían otras personas para ir ascendiendo.
A la distancia se veían pequeños grupos que ascendían, unos más lentos que nosotros, otros más rápido, pero todos ellos disciplinados y concentrados para lograr el objetivo: llegar al cráter del volcán,
El fracaso anterior, al intentar un ascenso, me enseñó que es tan importante la capacidad física como mental. En el anterior intento pensaba: “falta todavía mucho” (por eso fracasé). Ahora pensaba: “cada vez estoy más cerca”. Así, ascendiendo con gran esfuerzo pasaron las horas. Unos minutos antes de las 11:00 am, Eduardo gritó “¡¡¡ya estamos como a 200 metros del cráter!!!”.
En esta fotografía aparecemos mi hermano Eduardo y yo poco después de abandonar el sitio denominado “Cruces”, rumbo al cráter.
Al escuchar tan eufórica exclamación empecé a desestresarme, y, con energía renovada, redoblé esfuerzos. Para esa hora ya el sol empezaba a afectar la consistencia de la nieve y, por tal efecto, empezaban a formarse pequeños hilillos de agua que iban descendiendo por la pared exterior del cono que, al juntarse, formaban pequeños ríos.
Fue muy emocionante cuando Eduardo volvió a gritar “¡¡¡ya llegamos…supera ese bordecillo, y estarás en el cráter!!!"
Dicho bordecillo era el labio inferior del cráter; al superarlo y encontrarme ya en el interior del cráter, la pendiente del piso cambió, pues ahora la inclinación era hacia el centro del cráter. Desde el borde del “labio” inferior tenía yo una perspectiva increíble: veía en toda su dimensión el cráter; era como un cono truncado. La altura del labio superior era de unos 60 metros con respecto a la superficie del agua que se encontraba en el fondo del cráter. La altura del “labio” inferior era como de 25 metros hasta la misma referencia y tenía una pendiente de unos 40°. Entre el borde del labio inferior y la superficie del agua (en la cara inclinada interior) se encontraba una muralla irregular de rocas de gran tamaño, misma en la que había que zigzaguear para llegar a la pequeña playa de azufre (de un color amarillo intenso) de ancho irregular que variaba, tal vez, entre 3 y 5 metros. Después de dicha playa se encontraba el agua, cuya superficie formaba un círculo irregular y era de un color azul turquesa hermosísimo que era el resultado cromático de la mezcla del agua que escurría de la nieve al derretirse por efectos del sol y el azufre propio del cráter. Destelleaba al recibir los rayos solares, emitiendo una gama de azules resplandeciente. El ambiente estaba impregnado de un olor a azufre y estaba envuelto por una buena cantidad de vapores.
Nos encontrábamos a una altura de 5,400 metros sobre el nivel del mar, el oxígeno estaba enrarecido y las emociones estaban al máximo.
En esta fotografía me encuentro en el cráter, teniendo como fondo el agua color azul turquesa. Se aprecian los vapores existentes.
De pie en al borde del cráter, por espacio de 30 minutos estuve observando, por un lado, el agua, y, por el otro el maravilloso espectáculo que se me presentaba desde ahí, entre otros, el volcán Iztaccíhuatl. A las 11:30 am Eduardo y yo decidimos iniciar el descenso, mismo que, a pesar del cansancio que sentíamos, realizamos muy rápido, llegando al refugio “Tlamacas” más o menos a las 14:30 pm. Ahí descansamos uno momentos y, en seguida, nos cambiamos de ropa. Abordamos nuestro vehículo y emprendimos el regreso. Nos detuvimos en el tianguis de Amecameca para degustar unas sabrosas quesadillas. Eduardo y yo pedimos, adicionalmente, una cerveza de lata; eso aflojó todos los músculos de mi cuerpo provocándome un gran sueño, pero no me dormí. Ya no llevábamos prisa, así que durante un buen rato comentamos, entre todos, las emociones vividas ese día. Como a las 17:00 pm abandonamos Amecameca.
Tiempo después de 1993 (tal vez en 1994) el “Popocatépetl” empezó a entrar en una mayor actividad lanzando gran cantidad de fumarolas. Una explosión violenta ocurrida en el cráter en el año 2000 ocasionó la modificación de la forma del mismo, por lo que nunca más nadie lo verá como lo describo en este documento. Los ascensos fueron prohibidos desde entonces. Nunca más he vuelto a los sitios referidos en esta crónica.
Elaboró: Adrián González Cabrera
(Imàgenes: del autor)