EN LA MONTAÑA

EN LA MONTAÑA

Por Miguel Ángel González González


(Foto Miguel Ángel González González)

 

Apenas amanece y oímos el silbido de las aves, son las 6:00 de la mañana; miramos por la ventana, ya se logran ver los primeros rayos del sol que el pasto refleja por la diminuta capa de hielo del sereno.

Decididos a salir, extiende sus brazos rodeando mi cuello y mi nuca deslizando su cuerpo suave de algodón sobre mi piel para darme calor, cubriendo parte de mi rostro para no respirar el frio de la mañana.

Recorro mi mano abanicando de lado a lado para abrir la puerta escuchando alegres risas. Al salir caminamos por el bosque cubierto por la blanquizca neblina que cubre cual cobijo.

Tengo hambre, enciendo la fogata y coloco el pocillo para hacer un poco de café. El agua ha hervido y me dispongo a tomar el asa del mismo para beber un sorbo, lo toco, pero al instante he tenido que alejar mi mano de lo caliente que está. Percibo el agradable aroma del café con canela al mismo tiempo que mi pecho por dentro demanda calor, debo beber un sorbo. En ese momento me toma de la mano para protegerme y juntos tomamos el café.

El tiempo ha transcurrido, el sol está en su punto, he recorrido 5 km. y mi cuerpo comienza a sentir el desgastamiento, pero la emoción de llegar al mirador continúa latente. El sudor de mi frente recorre mi rostro y nubla mi mirada; me mira fijamente a los ojos y ceca mi sudor, se extiende por los aires luciendo su colorido color. Envuelve mi frente hasta la cabeza cruzando los brazos dándome un impulso para continuar caminando.

Hemos llegado al mirador, la vista es hermosa, es un paisaje alfombrado lleno de vida, es inmenso, las nubes están en convivencia conmigo, me han venido a saludar. Sentado sobre |una roca admiro la calma de la naturaleza imponente. A mi lado un conjunto de piñas de pino conversa, me pregunto cuán sabias serán; son realmente enormes y bellas, quisiera conocerlas aún más. De inmediato las toma para emprender el camino de regreso a casa.

La noche llegó, estoy en casa, se escuchan esas peculiares risas al abrir y cerrar la puerta, decidido a dormir me toma del cuello, cubriendo mi pecho para no pasar frio.

Recuerdo de niño el gozo que inundaba a mi ser en cada juego y cada andar con mi paliacate.