EL ÚLTIMO GUERRERO

EL ÚLTIMO GUERRERO

Por Eduardo Resendiz Sánchez

 

El anciano entró al jacal, pegando con su bastón en la tierra, sacando polvo.

Su nieto sentado en un tronco lo miraba sonriendo. Se sentó junto a él, sintió su calor. El niño le preguntó: -“¡Abuelo! ¿Por qué tienes tantas arrugas en la cara?”-.

El anciano rió.

-“Hijo, tengo muchos años viviendo, pero ya me toca partir,--te toca a ti continuar. ¡Tú vas a ser el último guerrero!”-.

Lo cargó y se lo puso en las rodillas. El anciano, miró los ojos del niño, negros como la noche.

-“Te toca, te tengo que preparar”-.

El niño reía.

Lo agarro, lo sentó en el catre de madera y le dijo: -“No te muevas de aquí, ahorita vengo”-.

Abrió la puerta del jacal, salió; se perdió en medio de la montaña.

Regresó cuando ya estaba oscureciendo. El niño estaba durmiendo. Lo despertó. Se rascó los ojos , todavía tenía sueño. Le puso las manos en la cabeza, sus dedos viejos le tocaban la frente.

“-Ya te toca ser guardián de la madre tierra”-.

De su morral sacó una jícara. De una botella blanca le vació pulque, poquita agua de río, jugo de caña, molió tres granos de maíz, tres granos de frijol, hizo la bebida de los dioses: espesa, dulce.

Le dijo al niño que bebiera. Al principio no quería, luego bebió y le gusto.

Se levantó el anciano, fue a abrir una caja vieja de madera. Sacó una sonaja, un caracol y unas plumas de águila. Con una correa, amarró las plumas de águila en la pequeña cabeza del niño.

Le dio más de beber.

Al calendario azteca, el calendario del sol, con la flecha le hizo un hoyo. Lo empezó a girar. El niño mira sin perder detalle.

El anciano exclamó:- “¡Mira como gira y me dices que ves!-”.

El niño miraba el disco girar. Le dio más bebida, empezó a tocar la sonaja, se daba golpes en los labios, cantaba música extraña que el niño no comprendía.

El anciano volvió a preguntar: “¿Qué ves pequeño?”.

El niño no quitaba la vista del disco. “¡Abuelo! ¡Ya no soy yo! ¡Me están creciendo plumas en mis brazos, se me están poniendo cafés, mis dedos tienen garras negras! ¿Qué pasa abuelo? ¡Me está dando miedo!”

El anciano lo vio emocionado: “-¡Ya empiezas!-”

Hizo sonar el caracol, el sonido se oía más allá de la montaña. Le dio más bebida. El pico le crecía, amarillo, sus ojos redondos veían para todos lados. Extendió sus nuevas alas, podía volar. Salió del jacal, Estiraba sus alas y las sacudía. Fue a posarse en un árbol.

El anciano golpeaba la planta de sus pies en la tierra, danzaba, tocaba la sonaja, su canto era lejano, de sus antepasados, de los mexicas, de los aztecas, sus pies sacaban polvo de la tierra, se irguió y le dijo al águila:

“-¡Ve pequeño, conquista el mar, el sol, la montaña, el valle, el cielo con tus alas! ¡Empiezas a ser un guerrero!-”

El águila voló, perdiéndose en las nubes, en la montaña, se paró en el árbol más alto y desde ahí podía contemplar todo el valle.

Vio que un cocodrilo, sacaba sus ojos del lago, salió, caminaba con pasos lentos fuera del lago. Era enorme, dejaba huellas de sus pisadas, quería llegar  a la cueva que veía a lo lejos, el aire se le metía por su piel, lo ahogaba, se puso negro, rodaba lastimosamente, se estaba muriendo, dejó de moverse, quieto con la piel arrugada y negra abrió su mandíbulas.

Una lagartija salió corriendo de lo profundo de su cuerpo, necesitaba calor, aprovechando sus pequeñas uñas largas, subió por las faldas de la montaña llegando a lo más alto del cerro. Subía y bajaba la cabeza. El sol le pegaba en su pequeño cuerpo. Corrió a meterse a la cueva, se perdió en medio de la oscuridad y de los laberintos, del silencio, del frío, ¿Cuánto tiempo estuvo ahí?

De la cueva salió una víbora negra, con franjas amarillas a los lados, sacaba y metía su lengua negra, dejando ver unos colmillos venenosos. Era el peligro, la muerte, se arrastraba en el suelo, en las piedras, la tierra, el agua. Por dónde pasara, todos los animales corrían, las aves volaban. La víbora se sabía poderosa, reina de la naturaleza.

El águila la vio a lo lejos, extendió sus alas, bajó el pico, alzó el vuelo y de picada cruzó el aire hacia dónde estaba la amenazante víbora. Abrió sus garras, le aplastó la cabeza, le daba de picotazos, se la empezó a comer, la víbora se movía desesperadamente tratando de escapar.

El águila no dejo nada de la víbora, la devoró toda.

Un aire fuerte movió las hojas de los árboles, llovía con fuerza. Cuando por fin dejó de llover el águila emprendió su vuelo de vuelta, buscando el jacal desde lo alto. Lo vio, retrajo sus alas, bajó a toda velocidad, traspasó las varas y palmas del jacal con fuerza. Se metió al cuerpo del niño, el cual estaba durmiendo. Lanzó un grito, abrió los ojos, respiró profundo, de sus ojos salían lágrimas, se volvió a dormir.

El anciano estuvo atento a todos sus movimientos, lo levantó con sus dos manos. Lo ofreció a los dioses:

“-¡Madre tierra, padre sol, les entrego al último guerrero, a su hijo, el que va a cuidar la armonía del universo, de que el sol salga, todos los días, que las flores crezcan,  que la luna se vea por toda la tierra, que el hombre muera y vuelva a nacer, se reproduzca conservando la raza mexica!-

-¡Dioses, bendigan a este niño!- ¡Cuídenlo! -¡Es el ultimo que queda, no dejen que mueran nuestras tradiciones ni nuestra raza!-”

Lo bajó, lo acomodó en el suelo y caminó alrededor del niño. Movía los pies y tocaba la sonaja.

Afuera del jacal, se escuchaban cantos, gritos, como si bailaran danzas rituales los mexicas rindiendo culto al nuevo dios.

Tocó el caracol. Todo se calmó. Hubo un silencio largo. El anciano miraba al niño con gran interés. Apoyaba su cara en el bastón. Debajo del catre salió una hormiga roja con patas amarillas, se subió al catre, caminó por las piernas del niño, el anciano con un rápido movimiento, alzó la camisa al niño, busco el ombligo, se metió en él.

La tierra tembló, rayos cayeron del cielo, empezó a llover, parecía que el mundo iba a desaparecer, todo era confuso, el anciano salió del cuerpo del niño y se quedó de pie.

“-¡He cumplido mi misión!- -¡Ya me puedo morir tranquilo!- -¡Ya está el que va a ocupar mi lugar, el nuevo guía, el guerrero, la unión entre un niño mortal y los dioses!-.

El pacto que hicieron mis antepasados antes de que llegaran los españoles, hicimos una promesa con nuestros sacerdotes, de que el pueblo mexica siguiera por los siglos, hasta el último día de este mundo. Se hizo la unión entre Quetzalcóatl y el niño guerrero. Nunca le faltaría el maíz y la caña, el frijol, ni los magueyes a tu pueblo.

-¡Oh gran dios!- que se cumplan tus mandatos, las promesas de los sacerdotes, el fuego eterno”.

El calendario azteca lo colocó en la pared, se hincó, alzó los brazos, por última vez tocó el caracol, lo dejo a un lado de la cara del niño dormido, dejó la sonaja en sus pies, un pan de maíz en sus manos.

En la pequeña mesa colocó un vaso de agua, una jarra de pulque, una lanza, un escudo y las plumas de águila.

El calendario del sol llamó su atención. Ya no era blanco y negro. Ahora todo tenía color. La víbora ya no era de la muerte: ahora era la serpiente emplumada, Quetzalcóatl-niño-dios-guerrero-hombre-deidad-tepaneca, Azcapotzalco.

“-¡Gran dios, ya cumplí!- ¡Tus mandatos fueron escuchados! -Ya me tengo que ir al Valle de la muerte, al silencio, al frío, a la oscuridad, a la nada, de dónde el hombre saldrá, volverá a nacer y a morir. Volverá a ser “Niño-dios-guerrero”, con su arco y su flecha, defenderá a tu pueblo, el gran pueblo azteca, y por él dará la vida si vienen otros pueblos a querer conquistarnos. Volveremos a nacer y a guerrear-”.

Todo sucedió el primer año caña, día dos conejo, la fecha en que se juntó el sol con la luna. El pueblo se oscureció, en las calles salía una mujer de blanco, su figura se transparentaba con la luz de la luna. De su garganta salía un grito lastimoso: “-¡Mis hijos… pobres de mis hijos!-”

Unos meses antes de la llegada de los españoles, el anciano salió de la cabaña. Afuera parecía que el sol había bajado, había mucha luz, una luz blanca, muy blanca, la cual envolvió al anciano. Cerró los ojos, dijo sus últimas palabras: “-¡He cumplido!-”.

La envolvente luz se lo tragó. Su alma se convirtió en fuego, maíz, frijol, maguey, Quetzalcóatl.

El niño lloraba en el jacal. El último guerrero comenzaba con lágrimas y valentía su propia historia.

Eso sucedió en la fecha dos conejo, antes de que la luna se peleara con el sol.

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