AL TIANGUIS
PUROS CUENTOS DE LUCAS
AL TIANGUIS
Por Lucas Melgarejo V.
Te despiertas a las ocho o nueve de la mañana, es sábado, la mayoría de la gente no trabaja, muchos en casa, desde luego, por evitar los contagios y aprovechar para hacer cosas domésticas pendientes de la semana, pero es día de tianguis, ¡Oh!, qué flojera, ir al tianguis ¡Oh, qué hipócrita!
Antes de saltar de
la cama, recuerdas que es aún temprano y la hora buena para disfrutar esa ida es
entre las once y las doce de la mañana, o hasta cerca de las cinco, cuando ya
están levantando los puestos. Puedes echarte otra cieguita o prender la tele
para ver noticias, hoy es fin de semana, no hay mañanera que me divierta,
enoje, informe y hasta ilustre.
Aunque las tripas
ya reclaman algo para el estómago, es mejor aguantarte otro ratito para ir a
lambisconear algo al tianguis y dependerá con quien vayas: si acompañas a tu
mujer, es más moderada para los antojos grasosos, busca más lo verduroso.
A mamá que ya está
viejita, a la suegra y la cuñadita, que les gusta acompañarse con nosotros para
comprar también sus cosas de la semana, las tres son muy antojadizas, mi madre
dijo hace ocho días cuando comía una flauta de barbacoa: ¡Venga, venga lo que
Dios nos concede, adivinar si de hoy en ocho aún nos lo permita!. Mi cuñadita
de diez y seis años es muy simpática pero no me gusta mucho que nos acompañe
porque se la pasa vacilándome y no me deja concentrarme a lo que voy. Ya ando
con mis bolsas colgando del hombro, o jalando el carrito del mandado, siguiendo
a quienes voy acompañando. Hay bullicio y gritos fuertes y desordenados: ¡Si
hay, si hay, acérquese¡, tenemos lo que necesita, pase usted bonita, aquí está
lo que va a llevar, no encontrará mejores precios!, ¡Pase patrón, pásele!, ¿Qué
necesita?, Dígame jefe, ¿qué le sirvo?
No es el tianguis
del martes en Cuautitlán que se ha mantenido por décadas y del que dicen, ya en
la época prehispánica, existía, ¿Será? En aquel encuentras tambien de todo y
más que aquí, pero es tan grande que se divide en dos partes, hay mucha gente de
muchos pueblos, a nadie conoces, solo tú y tus marchantes. Allí voy a
chacharear herramienta usada y curiosidades de cobre u otros.
Éste tianguis, en
Huapango, parecido o el mismo que el de los domingos del pueblo del Rosario,
van vienen personas, principalmente mujeres de todas edades, pero yo tengo ojos
casi nada más, para las señoras treintonas o cuarentonas, solas o acompañada
del marido u otro familiar; no faltan también las cincuentonas que están de
buen ver, ¿Total, qué son doce años de diferencia?
Desde que entras a
la calle llena de puestos de verduras, frutas, semillas, comida, tacos,
quesadillas, huaraches, flautas, gorditas de chicharrón, tlacoyos, barbacoa,
carnitas, tostadas de pata, jugos, comales con tortillas grandotas hechas a
mano, con prensa a veinte pesos la docena, que deben pesar cerca de un kilo.
(En las tortillerías, hechas con máquina, vale catorce pesos, pero se rompen al
hacer el taco porque les ponen maseca,
esa harina de fábrica). Así que es un lujo comprar las del mercado.
Hay un puesto de
barbacoa, el dueño es regañón con sus
empleados y atento con los clientes, picando y pesando la carne, despachando
los tacos para el cliente que espera parado, que pidió el consomé y medio de
barbacoa sin picar para llevar, a quien le da un taco de prueba. Las mesas
llenas de gente comiendo flautas, o
tacos ya preparados y su consomé.
Otro puesto de
carnitas y chamorro, también repletos de gente, con el cubre bocas al cuello,
les vale la pandemia, comiendo en las mesas o parados, de tomar refrescos o
aguas frescas, no faltan las chelas preparadas o el tepache. Está el puesto con
la señora que tiene aspecto de provinciana, con su marido de ayudante y su
comida para llevar: chiles rellenos, nopales, tortas de papa; moronga que da a
quince pesos el cuarto, -mal pesado, pero al final te pone un poquito de más,
¡Ay le va, clienta, lo del taco!-, y que
habrá que preparar todavía en casa con mucha hierbabuena y con cacahuates;
vende además chicharrón en salsa verde o roja, costillas de cerdo en chile
verde, arroz, frijoles y más guisos.
Adelante están los puestos de
verduras, frutas de temporada y de todo tipo, mangos, plátanos, tunas, uvas,
naranjas. Los puestos en el suelo con hierbas
medicinales llama la atención el Noñi, un camote medicinal rugoso y blanquecino
que huele horrible; mas allá los de chiles secos, mole de diferentes precios, $
80 a $ 250 kg, los de hierbas de olor, aquellos con trastos nuevos de aluminio,
cucharas, cuchillos y otros utensilios, otro igual pero de madera, el puesto de
productos marinos: camarones, jaibas, ostras, barras de surimi, pescados
varios, enteros o fileteados, todo sobre
hielo y hierba fresca. Las carnicerías de res, de pollo, de cerdo, puestos de
quesos, cremas, requesón, yogurt.
El puesto de
huevo, el de semillas, los quesos y cremas de los viejitos, hermana y hermano
ochentones y guasones que dicen, se los mandan desde Michoacán.
La señora indígena
con sus bolsistas de nopales cocidos con y preparados con cilantro y cebolla,
tlayudas y patas de cerdo cocidas y avinagradas. Puestos de ropa, nueva o
usada, zapatos.
Encontramos de
todo de todo, cada negocio con atención personalizada y atenta, no está
“ordenadito” ni muy pulcro como en el “súper”, donde pareciera de mejor calidad
pero eso sí, más caro, veinte, treinta o más porciento arriba del tianguis,
-aun considerando lo mal pesado que es en éste último -. Es de más “caché” ir
al súper y también la gente va más formal, se arreglan bien, con esmero, el
marido, si acompaña, paga. A la mayoría de los hijos, chicos o grandes, les
gusta ir al súper o a la plaza, al tianguis no, y si van, lo hacen no de buena
gana.
A mí me gusta el
tianguis, allí, aparte de echar tacos de guisado, también me harto de los de
ojo, no de cabeza de res sino del otro, cuando las señoras ni muy arregladas,
ni muy “schengas”, caminan lento viendo y probando lo que van a comprar y se
quedan un rato paradas frente a mí de espaldas, pidiendo medio kilo de esto y
dos de lo otro, yo espero a mi mujer que hace lo mismo, a ella no la miro con
el mismo empeño, la miro para cuidarme que ella no me mire mordiendo el rico
taquito, ella es guapa y bien formada, y no falta quien la mire y sea muy
atento con ella, pero que puedo hacer, una de sal por las que van de arena.
Decía, las mujeres van más naturales, sin tanto maquillaje y si llevan falda o
vestido, con las piernas desnudas, sin medias, a veces hasta de sandalias, pelo
suelto o medio amarrado, me parecen bastante bellas y dan la oportunidad de
verlas y verlas bien, van para aquí y luego para allá, hacen que no te pelan y
creo que así es, van a lo que van, atienden al hombre que las chulea, ¡Sí hay,
sí hay güerita!, ¿Qué le sirvo hermosa?, ¿A ver mamacita, que va a llevar?,
mientras le da a probar una rebanada de mango o un par de uvas. Así disfruta la
mañana de día de tianguis un tipejo como yo, que había estado encerrado por más
de un año por causa de la maldita pandemia.
Ya son las ocho de
la noche, pero parecen las cinco de la tarde, el sol está todavía alto en el
horizonte, hoy fue un sábado bonito, después de casi todo un largo año de
cárcel inmerecida, en el que tuve que lamentar pérdidas de familiares, amigos y
conocidos por la infernal pandemia y agradezco que el Señor me permitió
disfrutar una día más.
Estoy recostado ya
en mi cama y miro el crucifijo de mi cabecera y su rostro de sufrimiento por el
que murió por nosotros, con su mirada piadosa me recuerda que mañana es
domingo, en el que religiosamente y estricto calendario ocho por ocho, a las
ocho, estoy hincado oyendo la palabra de Dios. No siempre pero por lo menos dos
veces por mes comulgo y me confieso y limpio mis perniciosos pecados mentales
que cometo, también religiosamente y ocho por ocho, en mis idas al tianguis. En
fin, Dios también fue hombre.
Fin.