ROBESPIERRE (MAXIMILIANO, EL FRANCÉS)
ROBESPIERRE
(MAXIMILIANO, EL FRÁNCES)
POR MIZTLI ARRIAGA
[…] «Me llamo como cualquiera de ustedes, pero por
ser introvertido, lógico e intuitivo me dicen Robespierre.
[“La justicia es mi oficio”.]
Dicen que soy un
luchador apasionado de la justicia. Considero que todo debe ser lógico en el
mundo, y por lo tanto, justo.
Siempre pienso en la creación
del Estado de la Justicia Absoluta (EJA), en
establecer el poder, que debe iniciar su actividad castigando severamente
a todos aquellos que llevan una vida injusta, es decir, a quienes contravienen
los principios de la justicia.
[Mi idea es la del juicio final.]
Todos
los que son como yo, compartimos la idea expresada en la Declaración de
Independencia de los Estados Unidos: «Todos
los hombres han sido creados iguales, han sido dotados por Dios con algunos
derechos universales, entre los cuales destacan la vida, la libertad, la
aspiración a la felicidad.»
Por mi
naturaleza soy profundamente democrático, ya que entiendo la democracia como la
posibilidad de elegir. Considero que sólo entonces la sociedad tiene derecho de
exigir al hombre una responsabilidad completa por sus conductas, cuando cada
miembro de la sociedad obtiene el derecho pleno a la libertad de elección en
sus actos.
Pienso que la disciplina
en la sociedad debe estar fundamentada no en el terror, sino en la conciencia.
Por eso considero el castigo del “infractor”
como la educación de su conciencia, es decir, son bienes para él. Por lo
general, opino que cualquier castigo es efectivo sólo cuando la persona está consciente
de su culpa.
Me
esfuerzo por elegir en forma meditada y orientada medidas de coacción
disciplinaria. Por lo general, mi castigo incluye un elemento educativo: debe
ser demostrado al culpable de manera convincente y obligada.
Me
gusta construir la evidencia de la culpa con tanta lógica y, yo la argumento
con tanta solidez, que, por regla, es muy difícil que me contradigan en esto. Todas
mis pruebas, en esencia, se reducen a la
idea “de la justicia superior” y al
concepto de la “verdad objetiva”, y
es imposible tratar de convencerme y demostrarme que mis ideas son solo
conceptos abstractos, por los cuales no se pueden medir los aspectos concretos
y las circunstancias de la situación, ya que semejante punto de vista –en mi
opinión- conduce a la confusión y al caos, que yo considero muy peligroso para
la sociedad.
Siempre
demuestro solo mi justificación. No me gusta convencer, ni mucho menos pedir.
Los
requerimientos excesivos hacia otros los presento, por lo general, solo cuando
estos correspondan.
[“Pienso, luego existo”.]
Por naturaleza estoy dotado
de una lógica muy desarrollada y de capacidades para la reflexión analítica
(eso dicen los especialistas que han estudiado mi personalidad). Me gusta
razonar acerca de los diversos modelos, estructuras, esquemas y
clasificaciones. Busco ante cualquier
fenómeno y encuentro las causas primarias de las contradicciones y la falta de
lógica de las existentes.
[Aspiro a la armonía lógica
y al orden lógico.]
El
principal requerimiento de mi programa lógico es la verdad objetiva, cuyo
criterio no es tanto la práctica, sino la integridad y la estructura lógica.
[“La verdad
lo es todo” (Hegel).]
Considero
todas las situaciones cotidianas y éticas desde el punto de vista de la lógica.
Al mismo tiempo, (en mi opinión) los detalles de más son desechados, poniendo mayor atención a las normalidades
generales (“lógica global”).
El sentido de mi defensa
de la justicia está altamente desarrollado. Al defender a un ofensor
injustificadamente, con frecuencia menosprecio el lucro propio y la seguridad.
De las consideraciones para defender la justicia, puedo renunciar a una
brillante carrera profesional e incorporarme en la actividad social.
Me resulta propio poner
los intereses de la verdad y justicia más arriba de los intereses personales y
los de la familia.
Al adoptar una decisión,
en primer término, hago cuentas con mi
propia conciencia y no me gusta estar inclinado a depender de la opinión ajena
y de los prestigios reconocidos en la sociedad.
Cuando adopto para mí
alguna idea, me convierto en su consecuente partidario y le sirvo a ésta de la
manera más fanática: subordino todos mis pensamientos y actos a esta idea, le
supedito todo mi estilo de vida. En semejante situación, por regla, soy el
menos inclinado a echar cuentas con la opinión pública. Si como resultado de
luchar por la idea caigo en condiciones, ante las cuales ésta coincide con la
opinión predominante de la sociedad (por el ejemplo, mi yo-disidente en un “país libre”), en este caso experimento
cierta desilusión por la necesidad de vivir “como
todos”.
Me siento algo desolado
cuando sale de mi vida un elemento “de
luchar por la idea”. El estado de lucha
se vuelve demasiado habitual para mí, éste ya se hace necesario en mí
como norma de vida. En este caso me preparo para buscar una idea nueva,
progresiva, capaz de “hacer feliz” a
la sociedad. E incluso, si tal idea no es tan grandiosa como la anterior y no
exijo tal abnegación, cumplo con voluntad el vacío formado. (No me distraigo en
ideas “juguetonas” leves. Si no encuentro algo suficientemente de gran tamaño, me puedo
permitir vivir “como todos”).
Siempre estoy políticamente
activo. Me inquietan los problemas de la sociedad en la que vivo, me inquietan
los problemas socio-humanitarios del medio ambiente.
Por lo general, no soy vacilante
en mis razonamientos. Estoy seguro que lo sensato no puede ser malo.
[“Los conocimientos salvarán el mundo”.]
Soy un especialista, no
tanto en ampliar los conocimientos humanos sino en cómo profundizarlos.
Me encuentro
permanentemente en busca de nueva información, pongo atención en la
autenticidad de las fuentes. Si necesito saber algo importante, prefiero no
preguntar a los conocidos, sino acudir al manual de consulta, al libro, a la
agenda, /al Internet/, etc. Me cuido de utilizar información dudosa.
[“La Providencia me ha creado para trabajar
tranquilamente en el despacho”
(Tomás Jefferson).]
Para mí siempre es
preferible comunicarme con el libro que hacerlo con los amigos.
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Fuente: “Vera
Stratiévskaya. Kak sdélat', chtoby mui nie rasstavális'. Cómo
hacerle para que nosotros no nos separemos. Manual para buscar al compañero de
la vida. Moscú, 1997.