¡UNA MAÑANA PARA EL OLVIDO!

 ¡UNA MAÑANA PARA EL OLVIDO!

Adrián González Cabrera


¡Ring!, ¡ring!, ¡ring! sonó mi teléfono el miércoles 2 de octubre de este 2024. 

—¿Si…diga?

—Hola Papá, ¿qué vas a hacer el próximo sábado? Dijo mi hijo Alejandro.

—Tengo que asistir a la sesión sabatina del Taller Relatos de Azcapotzalco, ¿Por qué, hijo? 

—Porque quiero invitarte al juego de futbol americano del próximo sábado en el estadio de Ciudad Universitaria; juegan las Águilas Blancas IPN contra UNAM CU a las 11:00 am. Si aceptas, yo me encargaré de comprar los boletos y te avisaré en cuánto los tenga para ponernos de acuerdo. 

Alejandro sabe que asisto a los estadios a ver juegos de futbol americano desde 1965; además sabe que soy superaficionado de las Águilas Blancas desde 1969, en que nacieron como equipo de Liga Mayor en mi queridísima Vocacional No. 3, en Santo Tomás.

Este juego a celebrarse el sábado 5 de octubre de 2024 corresponde a la fecha 5 de la ONEFA (Organización Nacional Estudiantil de Futbol Americano) categoría Liga Mayor. Las Águilas Blancas del IPN llegan a este cotejo con una marca de 2 juegos ganados y 2 perdidos, mientras UNAM CU llega con una marca de cuatro juegos ganados y 0 perdidos.

—Hijo, no tengo gran interés por ver ese juego, pues, aunque según algunas fuentes, la UNAM CU tiene cinco años perdiendo con Águilas Blancas, en esta temporada hay mucha diferencia entre ambos equipos, en contra de las Águilas Blancas.

—Papá, creo que lo importante es convivir como familia ¿no crees?

—Mhhh… tienes razón, hijo: acepto.

Después de dos días Alejandro me telefoneó nuevamente.

—Papá, ya tengo los boletos. ¿Podrás estar en mi departamento el sábado a las 10:00 am? De ahí nos moveremos al estadio.

—De acuerdo.


Llegó el sábado y salí temprano de casa para poder llegar a las 10:00 am a la Colonia del Valle; al llegar toqué el timbre del departamento No. 5; salió mi hijo. En su auto nos dirigimos al estadio Anna Pau (su novia), Alejandro y yo.

Llegamos al Estadio por la fachada oriente, esa que tiene el hermosísimo mural en relieve de Diego Rivera, y lo primero que busqué fue una referencia para ubicar el lugar en donde nos estábamos estacionando. La referencia fue el edificio que alberga la Biblioteca Central de C.U., misma que ostenta (por las cuatro caras) el fabuloso mural de Juan O’Gorman, realizado con diferentes tipos de piedras de colores traídas de diversas regiones de la República, y que es Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Bajamos del automóvil y nos dirigimos a la entrada del estadio.

—Vamos a apurarnos a entrar al estadio porque cuando la parte superior de la tribuna se llena, aún con boletos de arriba, nos envían a la parte inferior; ahí no se ve adecuadamente lo que pasa en la cancha —eso se lo advertí con anticipación a Alejandro—. Siempre he sostenido que la isóptica de este estadio fue mal definida, a pesar de que, siempre han dicho, fue diseñado para el futbol americano.

A todos los asistentes, al entrar al estadio, nos recogen todos los objetos que pudieran servir como armas para agredir (por ejemplo, los cinturones); nos entregan un comprobante para recogerlos al final del juego, mediante abusiva cuota.

Un cuarto invitado, mi hijo Marco —quien venía por separado con su novia Montserrat—, llegó tarde al estadio, y, por esperarlo, nos cerraron el acceso a la parte superior de la tribuna y, aunque reclamé a la persona que controla ese punto, nos enviaron a la parte baja. Aún afuera todavía del estadio, se escuchaban con gran estruendo los ¡Huellum…! y los ¡Goya…! de ambas tribunas.

Una vez dentro del estadio, en la parte inferior de la tribuna de que ocupó la porra Politécnica perdimos de vista a Marco y su novia, por lo que Anna Pau, Alejandro y yo, nos sentamos (más o menos), en la fila doce —contando las filas de abajo hacia arriba—. Para cuando nos sentamos y nos dispusimos a disfrutar el partido, ya habían transcurrido 11 minutos del primer cuarto. El marcador estaba 0-0. En ese momento comprobamos, una vez más, que en la parte baja de la tribuna no se puede ver adecuadamente lo que pasa en el terreno de juego (al menos en los juegos de futbol americano). Con resignación, buena parte del juego lo estuvimos observando en la pantalla gigante ubicada en la parte superior norte de las tribunas. 

De izquierda a derecha: Alejandro, Anna Pau y yo.

Desde el inicio del juego, las porras fueron siendo cercadas por la policía en prevención de algún conato de violencia.

La primera mitad del juego terminó con un marcador de 21-0 en favor de la UNAM CU.

Durante el descanso Alejandro y yo fuimos al sanitario, regresando de inmediato a nuestros lugares. Los vendedores en las tribunas gritaban incesantemente ¡Cueritos de puerco!... ¡Nieves…! Anna Pau se compró un vaso con cueritos y los disfrutó muchísimo durante el intermedio, que es de 15 minutos.

Los equipos saltaron a la cancha para iniciar el tercer cuarto…empezaron a escucharse las estruendosas porras… ¡Huellum…!... ¡Goya…! Ambas porras se gritaban “sapos y culebras”. La multitud estaba expectante. Las emociones estaban en su punto máximo. Las pasiones estaban a punto de desbordarse.

 

El equipo de UNAM CU después de su cuarta anotación.

El encuentro prosiguió durante los cuartos 3º y 4º con dominio de la UNAM CU sobre las Águilas Blancas.

Yo alternaba comentarios respecto al juego de ese momento e históricos de encuentros entre los dos equipos a lo largo de los años… ya con el aficionado de atrás…ya con el aficionado de adelante… ya con Anna Pau…ya con Alejandro.

El juego terminó con un marcador de 35-10 a favor de UNAM CU, que jugó muy bien, habiendo tenido una destacada actuación tanto la línea defensiva como la línea ofensiva, pero, sobre todo, su Mariscal de Campo (QB) Leonardo Garza que lanzo muchos pases que fueron completados por sus receptores.

Por parte de las Águilas Blancas no carburaron ni la ofensiva ni la línea defensiva, que dejó llegar constantemente a los defensores rivales hacia su QB.

Al término del partido y mientras salíamos del estadio, se escuchaban diversos comentarios de los aficionados politécnicos, tales como: “¡¡¡Se puede perder ante cualquier equipo, menos contra la UNAM!!!”, “¿¡Por qué andará el equipo tan mal!?”, “¿Será cierto que cambiaron de Head Coach (Entrenador en Jefe)?”, ¿¡Vamos a seguir así!?, ¡¡¡Los Line Backers —jugadores defensivos que se colocan atrás de la línea de golpeo defensiva— regalaron el partido!!!, ¡Esta ha sido una mañana para el olvido!

Es de señalar que, dentro de su frustración, los aficionados Politécnicos no emitieron elogios para sus rivales. No escuché uno solo.

Una vez que salimos del estadio nos dirigimos al sitio en donde habíamos dejado estacionado el automóvil. Lo abordamos y, en ese momento Alejandro me dijo; ¡Papá, Anna Pau y yo te invitamos a comer! Después de dos o tres veces que dije “NO hijo, muchas gracias”, (así lo exigía mi dignidad), finalmente “fui convencido”. 

Fuimos a comer a un restaurante muy agradable en el cual disfrutamos de una opípara comida, durante la cual estuvimos conversando amenamente Anna Pau, Alejandro y yo.

Al término de la comida salimos del restaurante y me despedí de ellos para regresar a casa, para lo cual abordé el Metro en la estación “Hospital 20 de noviembre”, llegando a casa cerca de las 5:00 pm.

Estando en casa me preparé un café y me senté a disfrutarlo en un sillón, mirando a través de una ventana las curvas que describen las palomas al volar, así como movimiento de las nubes en el cielo. Entonces empecé a sentir lo que siempre siento después de asistir a un estadio a disfrutar de un partido de futbol americano: ¡me sentí rejuvenecido!


(Crédito de imágenes a quien corresponda)

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