EL POETA
EL POETA
Por Eduardo Resendiz
Sánchez
Caminaba sin
rumbo por la orilla del mar, el agua le llegaba más arriba de los tobillos, era
tibia y transparente, las burbujas chocaban en su pie, las olas se miraban a lo
lejos.
Leyendo su libro
por ratos, el sol iba saliendo por atrás de las montañas, por un momento se
paró, miró el cielo transparente, cielo que mueven las nubes en un terciopelo
de rosas, pensó:
Todo es poesía, las
cosas, las personas, la naturaleza, la vida misma.
Caminó unos pasos
más, las huellas se borraban con el agua salada del mar, cambio de página, traía
a Pablo Neruda: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche…”
El poeta, las
palabras los pensamientos, las frases.
Recuerda cuando
conoció a Gloria, una mujer desconocida de ojos luminosos, inquieta, de cabello
fantástico, ella le pedía un libro de poesía, quería ser poeta.
En el metro se la
encontró un día de tantos de trabajo, un día entre tanta gente desconocida, tantos
sudores, manos agarrando los tubos, viendo su celular, dormitando, hablando.
Ella siempre lo
veía a él leyendo un libro sin poner atención a lo que pasaba a su alrededor, en
la mano siempre un libro, un nuevo libro, un libro diferente, se acercó con
vergüenza para decirle —-señor yo tengo ese libro—.
Él alzó la mirada,
detrás de los anteojos vio a una mujer que le sonreía, enseñando sus dientes
blancos, con el cabello reluciente, vestida de hippie, con un morral
desgastado, pantalones rotos, ojos color miel, joven, promesa de la vida y el
tiempo.
Se levantó, la
invitó a sentarse cediéndole su asiento.
Ella dijo que se
llamaba Gloria, iba en la universidad y quería ser poetisa, pero la verdadera
vida e inspiración estaban afuera de la universidad, en donde no hay academia
ni un rector, ella deseaba explorar los sentimientos, caminar por las calles, sentir
la noche.
Él la escuchaba y
la miraba con atención, sin mencionar palabra. Las palabras se metían por sus
oídos, como el aire que pasaba por su cara.
No hay forma de
saber si ese silencio era por atender cada palabra que ella decía, o por
admirar cada rasgo de belleza en aquella dama.
No es la primera
historia que empieza en un vagón del metro y continúa en una mesa de café.
En ese acogedor
lugar que eligieron, una vieja cafetería del centro, ella agarró un churro, el
azúcar cayó en la mesa, ninguno de los dos se atrevió a sacudirla, nada en su
convivencia estaba de sobra, escarcha en el churro, escarcha en la mesa,
escarcha en sus labios.
Los minutos no
parecían pasar, se confunden con las horas, los minutos eran ella.
Luego de una
mirada y una sonrisa, ella dijo:— “maestro dígame algo acerca de lo que escribe”
Él se acomodó los
lentes, jaló aire, —-nada más no te rías— ella tenía la boca más hermosa del
mundo, seguramente besaba como diosa, hablaba como filósofa, tenía experiencia
en la vida y todavía ansiaba más.
Ella lo miraba
con la taza de chocolate en la mano, con ojos de fuego como dice el poema, él sentía
latir su corazón con vigor, escuchaba su propia respiración, decidido le agarró
la mano sin dejar de mirar sus ojos, la sentía tibia, percibió dedos delgados, largos
y blancos como la nieve.
Los ojos de ella
se aproximaron a los de él, él cerró los suyos, sintió unos labios carnosos y
tibios en los suyos, como sello de amor, un pacto entre él y ella, sus dedos
que solían pasar las páginas de sus libros leídos, ahora debutaban entre los
dedos delgados y blancos de Gloria.
El poeta quedó
sin palabras en su boca, pues ahora tenía el beso de ella, pasaron horas en la cafetería,
se disfrutaban como un gran libro no leído, descubriéndolo, descubriéndose.
Cada caricia, un
página.
La nada y el
tiempo. La emoción profunda en un santiamén.
Del nada al todo
en lo que dura una taza de chocolate, y otra y otra.
A él lo abrazó
una mujer después de mucho tiempo, nuevamente sentía el calor y el cariño de
una dama, luego de que su esposa lo abandonó por otro hombre, por fin volvía a sentirse
vivo, a ser hombre una vez más, a identificar cuando alguien siente cariño y
amor por él.
Cariño.
Amor.
Palabras malditas
que todo lo pueden, palabras que salen de las hojas de los libros, palabras
hechas en los labios del poeta, palabra amor, palabra que hiere el corazón de
la mujer, y claro que también de los hombres.
Salieron de la
cafetería, se alejaron caminando por las calles tomados de la mano, la luna
reflejaba su rostro brillante cómplice de un amor que apenas empezaba, se detuvieron
un momento y Gloria le dijo:
“Vuélveme a decir
el poema de Pablo Neruda”.
En respuesta, le besó la mano, miró
la luna, cerró los ojos.
Pablo Neruda
hablaba por él:
“Puedo escribirte
los versos más tristes esta noche, escribir por ejemplo: la noche está
estrellada, y tiritan azules los astros a lo lejos, el viento, la noche gira en
el cielo y canta”.
Sintió en su
hombro la cabeza de Gloria, dos lágrimas mojaban su pecho, las nubes cubrían la
luna.