LA CASA DE DOÑA AURELIA
LA CASA DE DOÑA AURELIA
Por Ana María García Alvarado
Doña Aurelia vivía en Amecameca, en el Estado de México, tenía
una casa de dos aguas de adobe, era comerciante en un puesto en la entrada del
mercado de la localidad.
Vendía, tacos dorados de sesos, papa, longaniza. Cuando
empezó con este negocio sus tacos los vendía a un peso, claro, después con el
tiempo subió a diez pesos, precio que conservó por mucho tiempo.
Gracias a su constancia, era una vendedora reconocida por
sus ricos tacos. Los demás vendedores del mercado le surtían en su puesto todo
lo que ella necesitaba, ahí tomaba su café con pan, almorzaba, al paso de otros
vendedores de cubetas, bandejas servilletas tejidas, cucharas, pan, lo compraba
y les daba un taco, a aquellos que ella viera necesitados, no podía decir “no”,
así que siempre volvía a casa con sus dos cubetas llenas de mercancías, unas
con papas y otras con sesos, arriba las cosas que compró en el día.
Su casa no estaba lejos del mercado, pero con todas las cosas que cargaba necesitaba siempre ayuda. Sus hijos normalmente llegaban por ella para ayudarla.
Hoy a la distancia su presencia me recuerda a la abuelita de
Coco, la de la película.
Ella era algo robusta, peinada con partido a la mitad con
dos trenzas, su cabello era aún entrecano, siempre con su delantal, algo muy
común entre las gentes mayores del lugar. Su caminar era ya torpe, y de alguna
manera cargar sus cubetas llenas siempre le permitían tener un equilibrio.
Terminaba su jornada a las seis de la tarde, un día decidió
irse más temprano así que no esperó a sus hijos, solo le pidió a los del puesto
vecino, que su hijo fuera por el taxista Manuel. La tarde anunciaba una
tormenta, el cielo estaba totalmente negro, muchos rayos, truenos y viento
obligaba a los demás vendedores a cubrir sus mercancías para protegerlas.
Así entre las grandes gotas que empezaban a caer, el viento,
y el mismo movimiento de los demás, dificultaba más su caminar.
El coche la esperaba, al final de un corredor, subió sus
cosas a la cajuela, y ella misma se acomodó en el asiendo trasero.
Las pocas calles que la separaban de su casa se recorrieron
lentamente, ya que todos estaban apresurados en llegar a casa.
Cuando por fin llegó a su hogar abrió la puerta de la entrada, dejo las cubetas cerca y cerró la puerta. Empezó a caminar por el pequeño corredor que debía cruzar un patio, para llegar a las habitaciones. En el patio había un nogal al centro, que siempre necesitaba de muchos cuidados, enseguida otro árbol, éste de peras.
Ese día, por el viento que continuaba soplando, el patio tenía mucha basura de hojas. Debía pensar a que vecino le pediría ayuda para barrer y cortar las nueces, sobre todo para la fecha de la feria de las nueces y para el chile en nogada, platillo especial de agosto y septiembre.
Evitaría con eso que vecinos se brincaran la pequeña barda
que rodeaba la casa, ciertamente el árbol se convirtió en un gran problema para
la seguridad de doña Aurelia.
Por otro lado la falta de una gran barda, permitía ver los
volcanes antes de irse al mercado, sobre todo, cuando ellos, los volcanes,
querían que los vieran.
Al llegar a su puesto le gustaba platicar acerca de los
volcanes, a las personas que quisieran escuchar mientras comían sus tacos.
Uno de sus relatos recordaba cuando un grupo de japoneses
subió al volcán Popocatépetl y llegaron a una cueva donde estaba su penacho, el
penacho del volcán, y otros objetos, lo que más le indignó al volcán, dijo Doña
Aurelia, fue que esos japoneses lo sacaron de México sin problema.
El volcán empezó con temblores, con fumarolas que hacían evidente
su molestia.
Esto llamó la atención de un grupo que debía estar al
cuidado del volcán llamado Don Gregorio.
Don Goyo, siguió Doña Aurelia, al verlos, les contó lo que
hicieron los japoneses, que lograron sacar su penacho al Japón, pero advirtió que
pronto lo pagarían.
Ciertamente al poco tiempo, en las noticias anunciaban que un gran temblor desbasto una zona importante del Japón, justo a donde llevaron su penacho, y que tiempo después fue regresado por otro grupo de japoneses.
Desde entonces Don Goyo, no ha dejado de manifestar su
malestar por lo que pasa en México y en el mundo, con grandes fumarolas y
estruendos.
Doña Aurelia siempre decía que el Popocatépetl nunca les
haría daño, esta idea siempre estuvo presente en ella, hasta su muerte, algo
que también creen sus hijos y nietos, y muchos del pueblo de Amecameca.
Su casa con techo de dos aguas, hoy día, ya no existe, se dañó su techo y fue necesario tirarlo, aprovechando estas reparaciones la casa se construyó de dos pisos, el árbol se tiró y hoy es la cochera de la nueva vivienda, todo cambió, pero los volcanes aún pueden verse desde una ventana de la casa.