LA REVOLUCIÓN DEL METATERO
LA REVOLUCIÓN DEL METATERO
Por Martín Borboa Gómez
Don Abundio tuvo espíritu y anhelos, tuvo inteligencia y era muy despierto.
Lo que no tuvo fueron oportunidades.
Llegó a cursar apenas el primer año de primaria cuando su padre le dijo que eso era lo que bastaba para enfrentar la vida. Lo demás sería trabajo.
En su casa se dedicaban a elaborar metates, molcajetes y algunas piezas de adorno, a partir de piedra volcánica, que conseguían de los sitios altos en Puebla, cercanos a las majestuosas elevaciones del paisaje.
Las rocas volcánicas son engañosas, grises, negras, pardas, hasta rojizas las hay. No era fácil transportarlas.
Pero la verdadera friega era seleccionar las piedras buenas, la que si servirían para tallarlas y lograr piezas atractivas y prácticas.
Había muchas veces que los metateros comenzaban a labrar las piedras, y luego de dos días, resulta que por dentro había huecos, o piedras suaves atrapadas, y el esfuerzo era inútil, pues no se conseguía formar un buen metate. Había que terminar haciendo piezas más pequeñas, deformes, y volver a empezar con otra roca.
En esa época no había tornos, buriles, fresadoras, ni tanta maquinaria como hoy para tallar piedras, y la familia de Don Abundio nunca tuvo suficiente dinero para comprarlas, si hubieran existido.
Igualmente era una friega cargar metates y molcajetes a las ferias, a las esquinas o a otros pueblos, el burro se cansa de jalar la endeble carreta familiar, y si llovía, el lodo atascaba fácilmente el transporte con tanto peso.
Otros comerciantes no acarrean tanto peso, ni tardan tanto en hacer sus piezas.
Pero en fin, cada oficio tiene sus cosas.
El problema es que el que hace pan necesita harina, el que teje requiere hilos, pero el que usa piedra volcánica para sus productos, la sufre para obtenerla, como ya dije, no toda sale buena, pero toda la piedra pesa, toda, hasta la mala.
Ah que recanijo trabajo da elegirla, transportarla, labrarla, y luego ya lista, sacarla a vender en forma de pieza de cocina útil.
En las faldas de los volcanes se encuentran muchas cosas además de piedra, hay un montón de hiervas raras, de palos extraños y hongos diferentes, todo eso puede ser resbaladizo si uno baja cargando piedras. También hay charcos atrapados en cuencas de piedra volcánica que concentran propiedades minerales insospechadas, y llega a haber gases apestosos que escapan de suelo, hartos elementos que pueden ser tóxicos.
El artesano se expone a tantas cosas con tal de obtener su materia prima. Ya me dirá alguien si eso se valora, si se toma en cuenta.
Y luego, en el pueblo o en el de al lado, hay que andar viendo quien le compra un molcajete, que para llevarlo le regatean de a feo. Como si los hiciera uno sin esfuerzo. Hay que tallar bastante, y que queden redonditos, porque si no, la señora dice que así “no le sirve”.
A Don Abundio siempre le gustó el oficio. Lo que no le gustó fue que la gente no valorara su trabajo, que regateara sus precios, y que por sus pesados productos, fuera el último en poder levantar el puesto si venía la lluvia. Y ni quien le eche una mano.
Luego murió su padre, después su madre, y le siguió solito con eso de la tallada de piedra volcánica.
Quizá por la pura práctica, pero con la edad no perdió fuerza para cargar y tallar. Seguía recio.
Lo único que le vino fue un aburrimiento profundo, fue por la soledad de huérfano, no por el esfuerzo del trabajo. Ese ya lo tenía de siempre. Pero la compañía fue lo que lo hizo falta, y de ahí el aburrimiento, y de ahí, su revolución.
Si, revolución.
¿A poco nomás los países pueden tener revoluciones?
¿A poco nomás por los gobiernos se pone todo de cabeza?
No.
Don Abundio se dio cuenta que necesitaba hacerse su propia revolución, así le llamaba, pues la soledad le comía el tiempo y el ánimo.
Un día se metió a un jacal de un vecino a saludar, tenía años que no intentaba socializar. No estaba el hombre pero si la esposa. Saludó.
La vio metida en un arte extraño de pellizcar varitas de colores.
Le preguntó que qué hacía, que por que le encajaba la uña a las varitas, que para qué las destruía.
Ella le explicó que estaba haciendo cuadros de popotillo.
Don Abundio bien que distinguió ese popotillo, aunque estaba todo pintado de colores. Él conocía ese popotillo que crece en los volcanes, y de cuanto estorba para bajar piedras para sus metates y molcajetes, mojadas son resbaladizas.
Ella le explicó que su marido lo pintaba, lo entintaba, y luego ella con cera de Campeche, lo pegaba en pedacitos para hacer cuadros.
Le enseñó algunos de sus cuadros. Estaban bonitos.
Casi le dio pena a Don Abundio que ni sabía lo que hacían sus vecinos para vender y tener para comer.
No es que le interesara, pero ahora que sabía que la soledad se lo estaba comiendo, sabía que tenía que empezar a asomarse a la vida de los demás, pa que lo vieran a él también.
Ya era un hombre maduro, y apenas empezaría a interesarse por la vida o actividades de los demás. En fin. La necesidad.
Su revolución.
Cuando ya regresó el marido de la señora, les pidió clases para hacer esos cuadritos. Mintió diciendo que ya no tenía las mismas fuerzas para cargar y tallar piedras, o llevar productos de piedra a vender.
La pareja accedió.
Fue buen alumno.
Y fue hasta entonces que Don Abundio se dio cuenta que de tanto subir a montañas y volcanes para obtener piedras, también había visto paisajes hermosos, tremendos, asombrosos, lindos, la belleza de su tierra.
Y de ese modo, más o menos, es como Don Abundio empezó a hacer cuadritos de popotillo con cera de Campeche, con paisajes muy bonitos, en su viejo taller de tallado de piedra.
Ahora se quedaba horas calladito sentado rompiendo popotillos con las uñas, pegando y diseñando lo que su memoria le recordaba del paisaje, y se animó a irle pegando también algo de polvo de piedra volcánica a sus cuadros, hojas secas, hasta cáscaras de naranja deshidratadas, tela, semillas…
Los molcajetes y metates quedaron en el pasado.
Es tiempo de que aun Don Abundio sigue explorando materiales, ahora vende cuadros hechos de popotillo más cuanta cosa le pega a la tabla donde hace su arte, que él, todavía le llama, su revolución.
Lo más novedoso vino, cuando a los metates chuecos que nadie le compraba, y a los molcajetes ovalados que nadie quería, le comenzó a pegar popotillo y demás cosas con cera de Campeche.
Entonces cuando los visitantes al pueblo miraban sus productos, ahora si se interesaban en esas piezas chuecas u ovaladas, nomas por todo lo que les había pegado.
Decidió que los cuadros los vendería baratos, pero esos metates decorados, y esos molcajetes llenos de cera y cuanta cosa pudiera pegarles, serían caros, a precio de artista.
De artista revolucionario.