¿CÓMO LE HAGO PARA ESCRIBIR?

 ¿CÓMO LE HAGO PARA ESCRIBIR?

 Por Eduardo Resendiz Sánchez 

Me metí a un taller de literatura. Cómo soy buen lector de libros, todo lo que me cae en las manos lo leo, pero no tengo ni técnica, ni sé cómo escribir, cómo juntar las palabras para que digan algo, para que expresen una idea, un diálogo, algo que a mí me guste, que le pueda interesar al lector y a mi profesor de literatura.

 Qué sea para mi jugar con las letras, descubrir su misterio, el de ayer, el de hoy, las palabras asesinas de la novela policiaca, las palabras bonitas de un poema, las letras de una crónica, los ojos de un historiador tratando de descifrar el pasado.

 Meterte en la cabeza de un escritor, un clásico, que cuando lo lees te preguntas: “¿Cómo le hizo este hombre para escribir esto?”, “¿cuántos libros leyó?”, “¿qué técnica ocupó?”, “¿cuánto tiempo le llevó escribir su libro?”, “¿a quién le copió?”

 Eso nos pasa a todos los que somos autodidactas. Leemos a lo loco, como poseídos, pero que es lo que pasa, sin saber el análisis de texto, sin estudiar a sus personajes, las técnicas y uso del lenguaje.

 ¿Cómo le hago para escribir?

 Bueno, al menos ya empecé con el pie derecho, ya tengo el título.

 Estoy en la mesa de mi cuarto que está hasta atrás de la recámara. Tengo que pasar por un pequeño pasillo que está lleno de plantas. En él hay un árbol de higos que nunca da nada. El pasillo es frío y cuando llueve, se encharca el agua y tienes que brincar para pasar al otro lado.

De niño una vez no brinqué bien, me mojé todo el pantalón, me caí en el charco. Mi madre fue corriendo a levantarme: “¡Muchacho pendejo!, ¡fíjate cómo pisas!”, me grito mi mamá.

 Veo la computadora.

Un reto para escribir.


Tengo la mano derecha en mi barba, pensando, a ver que me sale de la cabeza.

Saco un cigarro.

Tengo más de media hora sin escribir nada.

Prendo el cigarro y empiezo a fumar. El humo se mete a los ojos, me lastima la vista, bajo la mano y el cigarro.

Veo la pared de color blanco.

Las fotos de mis padres muertos ya.

La hora del reloj que traigo, 6:00 pm, empieza a oscurecer.

Tengo frio.

En la ventana las nubes se van escondiendo detrás de los cerros.

Espero que llegue la inspiración, una idea, un tema, un nombre, algo…

Nada.

Maldita sea. Nunca pensé que escribir fuera tan difícil. Envidio a los escritores, que nada más se sientan, la pluma corre por las hojas en blanco, empiezan a juntarse las letras como si fueran hormigas, a formar historias que después leeremos con satisfacción.


Mi vecino del departamento a-201, sale a la tienda que está a un lado de la casa. Lleva un envase de cerveza. Camina con pasos apresurados.

 La unidad donde vive está enfrente de mi ventana.

Baja los escalones rápido.

Ya casi se me acaba el cigarro. Me quema los dedos. Lo tiró al suelo y lo apagó con un pisotón.

 Tengo muchos libros en mi mesa de trabajo. Me pregunto: “¿Algún día la vida me dará tiempo para leerlos todos?”

 Sigo con la mano en la barba. No la he movido.

 Mi vecino abre el zaguán de la unidad, se mete y se pone a platicar con una mujer. Me imagino que es su esposa.

 Las piernas las tengo dormidas. Me paro y camino un poco. Doy vueltas dentro del pequeño cuarto , cómo buscando algo… ¿pero qué?.

 Me paro junto a la ventana.

En la banqueta una señora se cae. Tira todo el pan que traía en una bolsa de estraza. Un perro pasa y le coge un bolillo con el hocico y se echa a correr. La señora trata de perseguirlo. El perro es más rápido. Ella agarra una piedra y se la avienta, con tal fuerza, que se cae de narices.

Se sienta, agarra un bolillo de suelo, se lo empieza a comer mentándole la madre al perro.

Suelto la carcajada.

Ella se acaba el bolillo. Se va por la calle a medio iluminar.

 Quiero ser obrero de las letras, teclear, machetearle, hacer sufrir a la computadora, pero la computadora me está haciendo sufrir a mí.


 Llega un recuerdo de repente: hace treinta años fue la primera vez que vi el mar. En los ojos de un niño de trece años, era un mundo totalmente diferente al de mi barrio, ver lo azul del mar, las olas como golpeaban las rocas.

Me impresionó.

Mis ojos muy atentos a lo que pasaba.

El mar comenzaba dónde empecé a mirar y terminaba donde dejaba de mirar, atrás de las montañas, donde se oculta el sol.

La brisa me pegaba en la cara, haciéndome entrecerrar los ojos.

Estaba solo con los brazos cruzados. Me dio miedo. Dicen que las sirenas se comen a los niños. Corrí con mis piernas flacas por las rocas. Me pare donde había gente, todo agitado y ahogándome.

Una señora me preguntó: “¿Te pasa algo niño?”.

 “¡Si!, ¡vi a una sirena que salió del mary venía hacia mí!”, respondí.

 La señora soltó la carcajada y todos volteaban a verme. La cara se me puso roja, llena de vergüenza.

Un señor volteó a verme y preguntó: “Oye niño, ¿tenia brassier?”

 Desde entonces no he vuelto al mar.

 

El celular suena. Es un mensaje que mandó Susy: “¿Tienes tu cuento para mañana?”

 Lo leo. Vuelve a sonar. Otra vez Susy. “Yo ya acabe el mío. Al rato te lo mando para que lo leas”.

 Me empiezo a poner de malas, nervioso.

Vuelve a sonar.

Mejor lo apago. No quiero saber nada.

Cómo les digo que no he escrito nada, que nada más tengo cinco palabras del título.

 

Esta cabeza que no sirve para nada, no me ayuda al reto: la computadora, la escritura, las ideas, la crónica, el cuento, el relato.

Estoy ante mí mismo, viéndome desde adentro, sintiendo mis ideas, la confusión que experimento para escribir algo.

Mis maestros de talleres están muy bien preparados: el maestro Francisco tiene dos carreras: abogado, filosofía y letras. Tiene una novela terminada.

Martín una carrera, un libro publicado, su revista digital, ahí da la oportunidad de publicar a todos los que gusten, para después leer, hacer algo de literatura.

Yo nada más la carrera de la vida, la prepa y párale de contar.

La maestra Carmen, es egresada de la UAM. Ella fue la que organizó el “Taller Relatos de Azcapotzalco”, en la Biblioteca Fray Bartolomé. Ese es un gran reto para mí y mis compañeros.

Todos nos volteamos a ver cuando pregunta el profesor: “¿trajiste tu cuento para leerlo y hacer un análisis? Nuestro pensamiento está muy limitado”

 ¿Cuántos libros ha leído él y cuantos yo?

 


Sigo parado junto a la ventana, pero ahora tengo las manos en los bolsillos. Muevo mi pie, cómo si pisara una mosca. Estornudo. Me echó el pelo para atrás con la mano. Sacó la pluma que tengo en la bolsa de la camisa. La miro: Bic color negro.

Mis botas son viejas, desgastadas de la punta, me siento a gusto con ellas. Traigo puesto un pantalón Levis, está roto de la bolsa derecha, y a veces por ahí se me caen las monedas, y una vez hasta las llaves.

 

En la pared tengo unas fotos que mande ampliar de José Agustín, con sus lentes transparentes y su sonrisa fácil, Carlos Fuentes con su mano en la barba, sus ojos profundos, buscando un personaje para su siguiente novela. Juan Rulfo buscando a Pedro Páramo que no fuera a salir de su novela. El maestro José Revueltas, mirando el infinito, con aires de libertad preso en Lecumberri. Mick Jagger, corriendo en el escenario en un concierto que dio en Los Ángeles, todo lleno de sudor. Los Beatles mirando al fotógrafo que los retrató, pensando en la próxima canción.

 

La onda y la literatura. El compromiso con la literatura. Los personajes a dónde nos llevan, o nosotros llevamos a los personajes para crear una historia, en un día como hoy o mañana.

 En la noche debo escribir para tener el cuento mañana temprano.

 Está lloviendo. Las gotas suenan en la ventana. Voy por un vaso de agua. La temperatura bajó. Tengo frio. Me pongo la sudadera. Me incomoda. Creo que me queda apretada.

 Vuelve a sonar el celular, pensé que lo había apagado.

Miro la hora: 9:00 pm.

¿Cuánto tiempo llevo y no he escrito nada?

Una luz, algo que me ilumine para empezar a escribir.

¡Algo, algo, por Dios!

 

Tengo sueño. Me siento cansado. Empiezo a aburrirme. Estar sentado y no escribir nada. Las nalgas me duelen ya en esta silla. Por eso a veces me paro junto a la ventana.

Y cuando me siento, me distraigo con un libro. Voy a la mitad de su lectura: “Edad prohibida” de Torcuato de Tena.

 Tengo sueño. Veo el mensaje del celular. Susy nuevamente: “Te anexo mi cuento. Léelo por favor y me dices si te gusto”. “Mañana te veo el el taller”.

 Su cuento se llama: “La niña fantasma del kiosko de Azcapotzalco”.

Vaya título. Lo veo después.

Ella es la que escribe más en el taller. Me voy a dormir. Mis pasos se alejan del cuarto. Cierro la puerta.

 

Pero mañana, ¿Cómo le hago para escribir?

 

Descanso mi cabeza en la almohada, y empiezo a soñar.

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