¿CÓMO LE HAGO PARA ESCRIBIR?
¿CÓMO LE HAGO PARA ESCRIBIR?
De niño una vez no brinqué bien, me mojé todo el
pantalón, me caí en el charco. Mi madre fue corriendo a levantarme: “¡Muchacho
pendejo!, ¡fíjate cómo pisas!”, me grito mi mamá.
Un reto para escribir.
Tengo la mano derecha en mi barba, pensando, a ver
que me sale de la cabeza.
Saco un cigarro.
Tengo más de media hora sin escribir nada.
Prendo el cigarro y empiezo a fumar. El humo se mete
a los ojos, me lastima la vista, bajo la mano y el cigarro.
Veo la pared de color blanco.
Las fotos de mis padres muertos ya.
La hora del reloj que traigo, 6:00 pm, empieza a
oscurecer.
Tengo frio.
En la ventana las nubes se van escondiendo detrás de
los cerros.
Espero que llegue la inspiración, una idea, un tema,
un nombre, algo…
Nada.
Maldita sea. Nunca pensé que escribir fuera tan
difícil. Envidio a los escritores, que nada más se sientan, la pluma corre por
las hojas en blanco, empiezan a juntarse las letras como si fueran hormigas, a
formar historias que después leeremos con satisfacción.
Mi vecino del departamento a-201, sale a la tienda que está a un lado de la casa. Lleva un envase de cerveza. Camina con pasos apresurados.
Baja los escalones rápido.
Ya casi se me acaba el cigarro. Me quema los dedos.
Lo tiró al suelo y lo apagó con un pisotón.
En la banqueta una señora se cae. Tira todo el pan
que traía en una bolsa de estraza. Un perro pasa y le coge un bolillo con el
hocico y se echa a correr. La señora trata de perseguirlo. El perro es más
rápido. Ella agarra una piedra y se la avienta, con tal fuerza, que se cae de
narices.
Se sienta, agarra un bolillo de suelo, se lo empieza
a comer mentándole la madre al perro.
Suelto la carcajada.
Ella se acaba el bolillo. Se va por la calle a medio
iluminar.
Me impresionó.
Mis ojos muy atentos a lo que pasaba.
El mar comenzaba dónde empecé a mirar y terminaba
donde dejaba de mirar, atrás de las montañas, donde se oculta el sol.
La brisa me pegaba en la cara, haciéndome entrecerrar
los ojos.
Estaba solo con los brazos cruzados. Me dio miedo. Dicen
que las sirenas se comen a los niños. Corrí con mis piernas flacas por las
rocas. Me pare donde había gente, todo agitado y ahogándome.
Una señora me preguntó: “¿Te pasa algo niño?”.
Un señor volteó a verme y preguntó: “Oye niño, ¿tenia
brassier?”
El celular suena. Es un mensaje que mandó Susy: “¿Tienes
tu cuento para mañana?”
Vuelve a sonar.
Mejor lo apago. No quiero saber nada.
Cómo les digo que no he escrito nada, que nada más
tengo cinco palabras del título.
Esta cabeza que no sirve para nada, no me ayuda al
reto: la computadora, la escritura, las ideas, la crónica, el cuento, el relato.
Estoy ante mí mismo, viéndome desde adentro, sintiendo
mis ideas, la confusión que experimento para escribir algo.
Mis maestros de talleres están muy bien preparados: el
maestro Francisco tiene dos carreras: abogado, filosofía y letras. Tiene una
novela terminada.
Martín una carrera, un libro publicado, su revista
digital, ahí da la oportunidad de publicar a todos los que gusten, para después
leer, hacer algo de literatura.
Yo nada más la carrera de la vida, la prepa y párale
de contar.
La maestra Carmen, es egresada de la UAM. Ella fue
la que organizó el “Taller Relatos de Azcapotzalco”,
en la Biblioteca Fray Bartolomé. Ese es un gran reto para mí y mis
compañeros.
Todos nos volteamos a ver cuando pregunta el
profesor: “¿trajiste tu cuento para leerlo y hacer un análisis? Nuestro
pensamiento está muy limitado”
Sigo parado junto a la ventana, pero ahora tengo las
manos en los bolsillos. Muevo mi pie, cómo si pisara una mosca. Estornudo. Me
echó el pelo para atrás con la mano. Sacó la pluma que tengo en la bolsa de la
camisa. La miro: Bic color negro.
Mis botas son viejas, desgastadas de la punta, me
siento a gusto con ellas. Traigo puesto un pantalón Levis, está roto de la
bolsa derecha, y a veces por ahí se me caen las monedas, y una vez hasta las
llaves.
En la pared tengo unas fotos que mande ampliar de José Agustín, con sus lentes transparentes y su sonrisa fácil, Carlos Fuentes con su mano en la barba, sus ojos profundos, buscando un personaje para su siguiente novela. Juan Rulfo buscando a Pedro Páramo que no fuera a salir de su novela. El maestro José Revueltas, mirando el infinito, con aires de libertad preso en Lecumberri. Mick Jagger, corriendo en el escenario en un concierto que dio en Los Ángeles, todo lleno de sudor. Los Beatles mirando al fotógrafo que los retrató, pensando en la próxima canción.
La onda y la literatura. El compromiso con la
literatura. Los personajes a dónde nos llevan, o nosotros llevamos a los
personajes para crear una historia, en un día como hoy o mañana.
Miro la hora: 9:00 pm.
¿Cuánto tiempo llevo y no he escrito nada?
Una luz, algo que me ilumine para empezar a escribir.
¡Algo, algo, por Dios!
Tengo sueño. Me siento cansado. Empiezo a aburrirme.
Estar sentado y no escribir nada. Las nalgas me duelen ya en esta silla. Por
eso a veces me paro junto a la ventana.
Y cuando me siento, me distraigo con un libro. Voy a
la mitad de su lectura: “Edad prohibida” de Torcuato de Tena.
Vaya título. Lo veo después.
Ella es la que escribe más en el taller. Me voy a
dormir. Mis pasos se alejan del cuarto. Cierro la puerta.
Pero mañana, ¿Cómo le hago para escribir?
Descanso mi cabeza en la almohada, y empiezo a
soñar.